Semana del 02 al 08 de Noviembre de 2008.
Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
"De un tesoro nos podemos apoderar; pero el Reino de Dios se apodera de nosotros"
1.- La Palabra de Dios:
1ª Lectura: Job 19,1.23-27 “Yo sé que está vivo mi Redentor”
Salmo: 24 “A ti, Señor, levanto mi alma”
2ª Lectura: Flp 3,20-21 “Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”
Evangelio: Marcos 15,33-39; 16,1-6 “Jesús, dando un fuerte grito, expiró”
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo +++ (Mt 25,31-46)
Llegado el mediodía, la oscuridad cubrió todo el país hasta las tres de la tarde, y a esa hora Jesús gritó con voz potente: "Eloí, Eloí, lammá sabactani", que quiere decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
Al oírlo, algunos de los que estaban allí dijeron: "Está llamando a Elías."
Uno de ellos corrió a mojar una esponja en vinagre, la puso en la punta de una caña y le ofreció de beber, diciendo: "Veamos si viene Elías a bajarlo." Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
En seguida la cortina que cerraba el santuario del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al mismo tiempo el capitán romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: "Verdaderamente este hombre era hijo de Dios."
2.- Referencias para la mejor comprensión del Evangelio:
a. El amor es más fuerte que la muerte
a.1 El misterio central de nuestra fe es la Resurrección de Cristo (cf. 1 Cor 15,14). Esto hemos de tomarlo en serio: el enemigo más grande de nuestros sueños y esperanzas, es decir, la muerte, ha caído ante uno que es más fuerte: Jesucristo.
a.2 La resurrección del Señor es una obra del amor. Levantado del sepulcro, Cristo manifiesta el sentido de toda su vida, que no fue otra cosa sino una continua ofrenda de amor. Es que el freno para amar, lo que nos detiene de amar más y mejor es la muerte. Sentimos que si amamos demasiado perdemos lo nuestro y nos quedamos sin nada. Pero Cristo ha amado hasta quedarse sin nada, porque se ha "vaciado" de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2,7). Cristo ha asumido el riesgo terrible de ofrecerse a las fauces de la muerte, fiado solamente de la voluntad del Padre. La resurrección de Cristo es entonces la respuesta de amor del Padre, que así manifiesta el triunfo de un amor que no se mide, un amor que no se limita porque no se detiene ante la muerte.
b. La comunión de los santos
b.1 Nosotros hemos nacido de ese amor invencible, pues de nosotros fue escrito: "no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios" (Jn 1,13). El que nos une y nos reúne no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu que resucito a Jesús de entre los muertos. Este es el misterio que llamamos la "comunión de los santos": somos uno en Él, gracias al mismo amor que hizo posible el portento de la Encarnación y el milagro sublime de la Resurrección.
b.2 No cabe pensar entonces que ese amor, que ya venció una vez y para siempre a la muerte, ahora sea inferior a la muerte. El amor que nos hace "uno" en Jesús es el mismo amor que resucitó a Jesús, y por eso estamos ciertos que la Iglesia que peregrina en esta tierra está indisolublemente unida a la Iglesia que ha pasado ya por el umbral de la muerte.
b.3 Semejante lenguaje no podía decirse antes de la resurrección del Señor, y por ello, antes de la predicación de este misterio de misterios, toda invocación de difuntos o toda idea de una comunicación entre los difuntos y nosotros tenía que ser prohibida como espiritismo, según ordena severamente el Antiguo Testamento: "No sea hallado en ti ... quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos" (Dt 18,10-11). Esta prohibición era razonable porque el contacto con los difuntos sólo podía tener un objetivo: el intento de asegurar algunos bienes (suerte, dinero, éxitos...) para esta vida. Pero nosotros no miramos así a nuestros difuntos, pues es la luz de la victoria del Resucitado quien nos lleva a considerar el alto destino al que han sido llamados ellos lo mismo que nosotros.
c. Un inmenso acto de amor
c.1 Nuestras oraciones por los fieles difuntos llevan por consiguiente un doble sello: caridad hacia ellos y certeza de la victoria de Cristo. Les amamos, pero no con un amor nostálgico, prisionero de la fantasía o el recuerdo, sino con el amor eficacísimo propio de la victoria del Señor.
c.2 Y por eso desde antiguo la Iglesia ha considerado que es acto precioso de misericordia orar por los difuntos de quienes podemos pensar que necesitan de este sufragio, no para reemplazar la fe, si no la tuvieron, sino para limpiar con la potencia de nuestro amor, fundado en Cristo, cualquier imperfección que pueda impedirles gozar de la visión de Dios.
c.3 Y ofrecemos este acto de amor uniéndonos al amor más grande, es decir, al amor de Cristo en la Eucaristía. Allí precisamente donde se renueva la ofrenda viva de Cristo, allí fundamos nuestro amor y nuestra esperanza mientras rogamos por nuestros hermanos difuntos. (Fray Nelson Medina O.P.)
3.- Preguntas para orientar la reflexión:
(Leer pausadamente cada inciso, y dejar un instante de silencio después de cada pregunta, para permitir la reflexión de los hermanos)
a) ¿Con qué frecuencia reflexiono acerca de la crucifixión de Jesús? ¿Qué pienso y qué siento, cuando medito sobre ello? ¿Reconozco en su muerte la prueba de su Amor infinito y el precio de mi redención?
b) ¿Acompaño a Cristo en su muerte con mi ofrenda personal en cada misa? ¿Y cómo llevo cada día a la práctica esa mi ofrenda simbólica de la Eucaristía?
c) ¿Rezo por los difuntos a quienes conocí en vida? ¿y por las almas del purgatorio en general? ¿Tengo la esperanza de volver a encontrar, en la Gloria del reino, a mis seres queridos que han muerto? ¿Me esfuerzo lo suficiente para que así sea?
4.- Comentarios de los hermanos:
Luego de unos momentos de silencio se concederá la palabra a los participantes de la Casita de Oración para que expresen sus opiniones, reflexiones y comentarios. Como siempre, se buscará la participación de todos.
5.- Concordancias del Evangelio con el Catecismo de la Iglesia Católica:
Dice la fe: 1371 (El sacrificio eucarístico por los fieles difuntos) 1012 (La visión cristiana de la muerte)
1371 El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados" (Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:
Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mí ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y su hermano; conf. 9, 9, 27).
A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores..., presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (S. Cirilo de Jerusalén, cateq. mist. 5, 9.10).
Nuestra respuesta: 958 (La comunión con los difuntos) 1404 (Iglesia expectante)
958 La comunión con los difuntos. "La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones; 'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados' (2 M 12, 46)" (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.
6.- Reflexionando con la Gran Cruzada:
CA 118 Ciertamente el poder sobre aquellas almas es absoluta prerrogativa Mía y la Iglesia en la tierra está plenamente en la verdad incluso en esta materia como en todas las otras que son propias de los viadores. ¡Ah, si se comprendiera qué materno afán mueve a Mi Iglesia a orar por los difuntos y sobre todo, si se comprendiera al menos un poco de aquella conclusión de las oraciones que pone la Iglesia cuando implora acogida por Mis méritos, o bien por el honor Mío.
En cambio podría continuar mucho camino, más bien Me limito a decirles que las almas del Purgatorio, liberadas por Mí con sus oraciones y con los ofrecimientos que Me hacen, los consideran como queridísimos hermanos a los cuales deben su felicidad en plano subordinado.
7.- Comentarios finales:
Se concede nuevamente la palabra para referirse brevemente a los textos leídos (del Catecismo o de la Gran Cruzada) o a cualquier otro tema de interés para la Casita, para el Apostolado o para la Iglesia en general.
8.- Virtud del mes: Durante este mes de noviembre, practicaremos la virtud de la Humildad (Catecismo de la Iglesia Católica: Cánones 2546, 2613, 2559, 2540, 1450)
Esta Semana veremos el canon 2546, que dice textualmente lo siguiente:
2546 "Bienaventurados los pobres en el espíritu" (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6, 20): El Verbo llama "pobreza en el Espíritu" a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: "Se hizo pobre por nosotros" (2 Co 8, 9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).
Y La Gran Cruzada nos dice al respecto:
CA 107 Exaltaré al humilde y lo conduciré derecho al término de sus fatigas, sin que conozca las cualidades que llega a adquirir en su camino hacia la completa luz. El humilde Me agrada porque reproduce en sí Mi despojo, Mi anonadamiento; Me agrada el humilde porque es el espejo de la verdad y Yo considero su vida como una preciosa historia en la que están escritas admirables e inspiradas cosas. […] El origen de la humildad está en el amor. Mientras más crece éste, mayor es la humildad en el alma. Por tanto, aseguren el amor y recibirán todo lo que se relaciona con la bella y santa humildad.
9.- Propósito Semanal: OFRECERÉ MI DEVOTA PARTICIPACIÓN EN UNA MISA EN SUFRAGIO POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO.
Pensaré en Cristo humillado y dolorido cada que sienta que me invade el orgullo o que me falta humildad.