Entender la Cuaresma
Cambio. Renovación. Conversión. Son palabras que resuenan al iniciar el tiempo litúrgico de la Cuaresma, pero además coronadas por otras de mayor eco en la mente y corazón del hombre del siglo XXI: arrepentimiento, reparación, y la tan temida… penitencia.
Plantear este proyecto a una persona común y corriente, que a veces y asiste a Misa los Domingos, que le cuesta trabajo creer en la confesión y tarde, mal y nunca hace una oración personal, resulta una “malaventura” que generalmente termina en el fracaso. Nadie quiere escuchar en estos días sobre arrepentimiento, sacrificios, y mucho menos penitencia.
Y son pocos los que muestran un poco de curiosidad por saber qué hace que esta costumbre, aparentemente “arcaica”, se mantenga vigente hasta nuestros días.
La Iglesia Católica nos invita a vivir este tiempo con sinceridad en el corazón, con la mirada puesta en el Crucificado, y con verdadera sed de salvación. Pero… ¿cómo lograr estas disposiciones en el interior?
Tal vez lo que nos falta es aprender más, conocer más de qué se trata todo esto. Y para aquellos que no quieren hacerlo por el simple gusto de formarse, para descubrir qué de bueno trae para mí en lo personal pasar por todo este esfuerzo mental y espiritual.
Vamos a recurrir a nuestra imaginación, y nos ponemos en la siguiente situación:
Soy un excursionista que ha decidido hacer un paseo turístico por el campo. El tour se trata de una caminata por una selva tropical, que al momento de iniciar el viaje, me explican el camino que debo seguir, los puntos de referencia que debo encontrar y vigilar para no perderme, y el destino al cual estoy orientado (un hotel paradisíaco, con piscina, playa, alimento, bebida, diversión y esparcimiento gratuito). Un “all inclusive”.
A medida que voy caminando me doy cuenta de que es difícil mantener la vista en los puntos de referencia que me indicaron, ya que el camino tiene muchos obstáculos. Hay momentos en los que incluso ni siquiera los puedo ver, y camino intuyendo su presencia, y adivino su orientación.
Como siento que debo ser un experto en supervivencia, y que debo sortear todos los obstáculos con perfección, me preocupo de tener todos los detalles bajo control: mantener los calcetines y los pies secos, cuidarme de las plantas venenosas, acumular todo lo que me pueda servir de “herramienta” para cazar, para abrir camino, para protegerme de la lluvia y de las inclemencias del tiempo.
Presto mucha atención para ver si no aparecen fieras salvajes que amenacen mi vida, y cuando aparecen, o bien las sorteo sigilosamente, o las enfrento en batalla descarnada, haciendo que prevalezca la inteligencia sobre la fuerza bruta.
Salvo obstáculos, soluciono las situaciones. Pero muy pronto me doy cuenta de que por prestar atención a los detalles y sortilegios de mi caminata, perdí el horizonte. Perdí la orientación y ya no se a donde debo dirigirme. Estoy perdido.
Miro alrededor y no veo más que jungla. Árboles, maleza, piedras. Y no sé dónde está mi destino. ¿Qué hago?
Las normas de supervivencia me indican que debo orientarme cuanto antes. No puedo dar un paso más sin la certeza absoluta de que no voy a desviarme más. Por lo tanto debo detenerme para analizar mi situación y encontrar algún punto de referencia.
Lo primero que me recomendaron al salir es que, si me pierdo, debo buscar un lugar elevado, lo más alto posible, para poder mirar más lejos, y encontrar de nuevo mis referencias, y así descubrir mi destino.
Busco un árbol lo suficientemente alto, o me subo a una loma elevada, o trepo a un cerro o montaña. Miro a mi alrededor e identifico: por dónde vine, dónde estoy, y a dónde debo dirigirme.
Una vez que estoy nuevamente orientado, reagrupo mis pertenencias: me deshago de lo inútil, guardo mis alimentos, ajusto mis herramientas e instrumentos, y nuevamente me pongo en marcha, no sin antes analizar qué es lo que me hizo perder