
1 DE ENERO
ALMAQUIO Y ODILÓN
+ 400 Y 962-1049
El mes de Enero se abre con un doble signo de paz, que es lo suyo, y con las menos palabras posibles, tan gastadas por el uso barato y engañoso de las gentes; paz activa y resuelta que no es invención propia, sino pálido reflejo provisional de la gran esperanza.
Aunque todos los santos son pacíficos y por eso se nos asegura que serán llamados hijos de Dios, los hay que se consagran especialmente a esta tarea, como los dos de este primer día de enero, que se asoman al umbral del año para anunciar el carácter de su vida.
Odilón, abad de Cluny cuando los supuestos terrores del año mil, tenía un talante muy compasivo («prefiero condenarme por mi misericordia que por mi dureza»), y se le atribuye la tregua de Dios, que paliaba la crueldad de las guerras; a esta iniciativa unió la de la fiesta de los fieles difuntos, abarcando así la triple paz que contempla la fe, la interior, la del mundo y la de la eterna gloria.
Almaquio, también llamado Telémaco, completó la exigencia de paz hasta el martirio. Era un monje oriental que, encontrándose en Roma, al ver el espectáculo sangriento del circo se arrojó impetuosamente a la arena para interrumpirlo y murió víctima de las fieras o a manos de los gladiadores (según otros, lapidado por el público, que no se resignaba a quedarse sin diversión). Entonces el emperador Honorio prohibió tan bárbaros festejos.
Con sus nombres raros y olvidados, Almaquio y Odilón deberían ser patrones de los pacifistas modernos, a quienes podrían enseñar unas cuantas cosas: que la paz bien entendida empieza por uno mismo, que es ilusorio aspirar a algo más que a una tregua y que no hay tal paz si no se reconoce en ella una sombra invisible del amor de Dios