
07 DE FEBRERO
SAN TEODORO DE HERACLEA
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En los primeros días del cristianismo, ser miembro del ejército no era necesariamente algo positivo. Ser un general se consideraba todavía menos positivo. Sin embargo, lo único que sabemos de seguro sobre San Teodoro de Heraclea es que era un general del ejército griego. Cuando fue decapitado por el emperador Licinio a causa de su fe.
Probablemente muchas personas se sorprenderían de saber que un oficial del ejército podía también ser un cristiano de convicciones profundas. El testimonio de San Teodoro demuestra que ninguna ocupación digna es una barrera a la santidad.
Si llevamos a cabo nuestras tareas con cuidado y diligencia (sean cuales fueren) descubriremos que Dios está trabajando a nuestro lado. Después de todo, aunque nuestra profesión sea importante para nosotros, Dios se preocupa menos de lo que hacemos que de lo que somos.
En el esquema eterno de las cosas, Dios mira nuestros corazones, no nuestro currículo.
Lo que se cuenta acerca de su martirio, la verdad sea dicha, suena a convencional y ha oído mil veces: espantosas y rebuscadas torturas a las que sobrevive, heridas sin cuento que le sana un ángel del Señor, conversiones en masa que tales prodigios unidos a su entereza provocan en torno a él, y por fin la muerte por degollación en Heraclea, muerte a la que siguen grandes milagros.
Más interesante es la picardía que muestra Teodoro, quien al recibir al emperador que traía consigo todos sus dioses para hacer que las gentes los adorasen, pidió a Licinio que le diese los ídolos con objeto de perfumarlos en su casa, para que inspirasen más veneración cuando fuesen adorados en público.
Una añagaza, claro está, y el santo, una vez en poder de los dioses, hechos de oro y plata, los hizo pedazos que repartió entre los pobres con gran cólera de Licinio. Nuestro capitán no hace ascos al valor material de las imágenes nefandas, y desacralizadas, reducidas a simples cachos de metal precioso, emplea estos restos en obras de caridad. Teodoro parece reunir astucia y heroísmo, fe y sentido práctico, con unas gotas de humor que le darán en el Cielo una sonrisa de mártir socarrón.